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No hace falta excusa alguna para escuchar a Black Sabbath pero, con motivo de la inminente salida del álbum de Heaven & Hell, más la reciente publicación de la caja recopilatoria que vemos sobre estas líneas, parece un momento idóneo para repasar algunos de los discos básicos para cualquier amante del hard rock y el metal en general.

Concretamente esta caja titulada The Rules of Hell agrupa, remasterizados, todos los trabajos del grupo con Dio como vocalista, esto es: Heaven and Hell, Mob Rules, Dehumanizer y el directo Live Evil.

Lo cierto es que para Black Sabbath, que se encontraban en horas bajas a finales de los 70 tras la marcha del cantante original Ozzy Osbourne, la llegada de Ronnie James Dio, ya consagrado como una de las mejores voces del rock con su trabajo en Rainbow, fue una bendición. Con sonido e inspiración renovadas vio la luz el álbum Heaven and Hell en 1980, en el que Black Sabbath redefinieron el heavy metal presumiblemente creado por ellos mismos con un enfoque más elegante y melódico, más “light” por así decirlo, perdiendo en gran parte esa oscuridad y pesadez de sus inicios que tanto influirían al doom metal.

Nada más escuchar los primeros segundos de Neon Knights quedaba patente lo acertado de la inclusión de Dio en el grupo, con esas inolvidables melodías vocales. Hay variedad para todos los gustos… la épica Children of the Sea, con su preciosa introducción acústica, el pegajoso toque rockero de Lady Evil, la maestría a la hora de crear riffs a medio tiempo por parte de Tony Iommi en la propia Heaven and Hell… todos los temas tienen su identidad y contribuyen a conformar un disco redondo, perfecto en su género. No me gustaría dejar de lado la labor del gran Geezer Butler, uno de los pocos bajistas de heavy metal capaces de sellar la impronta de su inconfundible estilo, aportando mucho más que un mero apoyo de graves a las guitarras.

El listón estaba tan alto que no pudieron superarlo un año después con Mob Rules, disco que en muchos aspectos seguía la estela de Heaven and Hell (con cambio de batería: Vinnie Apice sustituyendo a Bill Ward) pero fallaba en lo más importante: las composiciones. De forma relativa, claro está; en realidad su único lastre es la comparación con el anterior álbum, pues en sí mismo es más que disfrutable. En particular destacaría la épica y extensa The Sign of the Southern Cross, donde la voz majestuosa de Dio se desenvuelve como pez en el agua, y el aire rockero a lo Led Zeppelin de Slipping Away.

Poco más tarde reflejarían sus giras en el directo Live Evil, el cual no he escuchado nunca. No soy particularmente aficionado a los discos en vivo, aunque seguramente éste tenga bastante interés por comprobar cómo interpreta Dio algunas canciones de la era Ozzy.

Dio dejó la banda para comenzar su carrera en solitario, llevándose consigo a Vinnie Apice, pero sólo iba a ser un punto y aparte en este capítulo de Black Sabbath. En 1992, y tras varios excelentes trabajos con el vocalista Tony Martin, la formación de Mob Rules se reunió, dando como fruto un álbum titulado Dehumanizer.

Con Dehumanizer Black Sabbath se desmarcaron del estilo predominante en los otros dos discos en pos de un sonido claramente más pesado y oscuro, con muchos temas a medio tiempo, más próximos al doom metal. La voz de Dio se tornó más agresiva y rasgada, con menos matices que antaño. Aunque hubo muchas críticas por la aparente falta de ese brillo y frescura, así como por cierta irregularidad en cuanto a la calidad de las canciones, personalmente me gusta mucho. Se percibe por momentos cierta monotonía y melodías un tanto apagadas y lineales, pero temas como Computer God o Master of Insanity poseen el suficiente gancho como para ser recordados entre toda la discografía del grupo, y los demás no desmerecen.

Algo tienen Black Sabbath y en concreto esta trilogía de discos para fascinar de este modo a alguien como yo, tan poco afín en líneas generales al heavy metal de corte clásico…

OSI – Blood

Aún recuerdo cuando allá por 2003 saltaba una noticia que me provocó un entusiasmo incontenible: ¡Kevin Moore y Mike Portnoy juntos de nuevo en un disco! El motivo era la inminente salida del primer trabajo de este proyecto denominado OSI (siglas de Office of Strategic Influence, título del mencionado álbum). Regocijado en mi propio regocijo, me esperaba algo con elementos de Awake, mi favorito de Dream Theater y uno de mis discos de cabecera de la música en general.

No podía estar más equivocado. Office of Strategic Influence ofrecía una amalgama de sonidos electrónicos combinados con un trabajo de guitarra más bien simplote por parte de Jim Matheos (Fates Warning) y un Portnoy que se limitaba a tocar la batería sin influencia alguna en el resultado final. Para colmo, la voz de Moore me resultaba increíblemente insulsa, lineal y monótona.

Ya sin las expectativas iniciales, y con una evolución como oyente que me hacía más susceptible de aceptar estas sonoridades frías y experimentales, le di una oportunidad a su siguiente trabajo, Free, en el cual he de decir que, dentro de su irregularidad, encontré un par de temas relativamente brillantes.

De todos modos me olvidé de esta banda durante largo tiempo, hasta que saltó la noticia de que en su tercer álbum, titulado Blood y previsto para principios del 2009, iban a colaborar Mikael Åkerfeldt (Opeth) poniendo voz a un tema, y el extraordinario Gavin Harrison (Porcupine Tree) como sustituto de Portnoy detrás de la batería. Esto me provocó cierta curiosidad y decidí, años después, darle una nueva oportunidad a su debut. No voy a decir que me voló la cabeza, pero sí le encontré ciertas cualidades reseñables que mis gustos de antaño me impedían apreciar.

Con todos estos factores, mi predisposición a la hora de afrontar la escucha de Blood era bastante positiva. Como se puede ver en la fotografía promocional sobre estas líneas, OSI es el proyecto conjunto de Jim Matheos y Kevin Moore, en el cual los demás músicos participantes actúan de invitados, sin creatividad artística (con la salvedad de Åkerfeldt, que escribió las letras y líneas vocales del tema Stockholm). Sin embargo, es obvio el toque inconfundible de Gavin Harrison, en mi opinión mucho más apropiado para estas tesituras musicales que el de Mike Portnoy. A pesar de realizar una labor bastante sobria, no deja de resultar delicioso escucharle en temas como Microburst Alert, instrumental donde la batería es casi la protagonista a la que arropan las texturas envolventes procedentes del teclado de Moore. Creo que ningún otro batería podría aportar semejante brillo a un tema de estas características.

En general el disco mantiene un gran nivel de principio a fin y la voz de Kevin Moore, sin salir de su monotonía característica, crea buenas melodías y se adapta muy bien al contexto musical reinante, aportando incluso un cierto aire hipnótico de lo más atractivo. Hay un buen equilibrio entre la electrónica -Terminal o We Come Undone ejemplifican esta tendencia- y el rock/metal de corte progresivo -The Escape Artist, False Start o Be the Hero-, procedente de la combinación de ideas de Kevin Moore y Jim Matheos, respectivamente. En un punto intermedio se encontrarían canciones como la propia Blood, muy lograda en su atmósfera, y Stockholm, en la que Mikael Åkerfeldt nos regala una interpretación sobria pero muy emotiva, resultando en un agradable soplo de aire fresco frente a las voces predominantes en el resto del álbum.

Un muy buen disco con una interesante dosis de experimentalidad, gran sonido y abarcando lo que personalmente considero las mejores ideas de sus dos trabajos previos. Buena excusa para iniciarse con esta banda o darle una nueva oportunidad aunque no os hayan llamado la atención sus anteriores entregas. Eso sí, que nadie vaya esperando al Kevin Moore de los tiempos de Dream Theater porque no lo va a encontrar.

Jazz på svenska


¿Jazz på svenska? ¿Qué demonios significa eso? Jazz en sueco. ¿Y todo esto a qué viene? Bueno, se trata del título de un álbum de Jan Johansson, pianista sueco, y padre de los muy conocidos en ambientes metaleros Jens y Anders, quienes han grabado discos con Stratovarius o Yngwie Malmsteen, entre otros.


Mi historia con este disco es bastante curiosa: cierto día, ojeando el foro de Opeth, me topé con un hilo sobre folk en el que el propio Mikael Åkerfeldt había escrito, señalando que este
Jazz på svenska era poco menos que su álbum favorito de todos los tiempos. Como fan de Opeth, la curiosidad me pudo y me dispuse a escucharlo. ¿Qué me encontré? Una maravilla. 12 canciones tradicionales del folk sueco interpretadas en clave de jazz, con piano y contrabajo, nada más. Las melodías son bellísimas y es fácil percibir ese toque inconfundible que nos traslada a los parajes nórdicos que inspiraron aquellas canciones.


Parece ser que Jan Johansson, que murió joven por accidente de tráfico en 1968, nos dejó otros dos trabajos de características similares, en este caso basándose en la música folk de Hungría y Rusia, respectivamente. Visto su resultado en el presente disco y lo atractivo que me resulta el concepto de interpretar estas viejas melodías desde una perspectiva jazz, no me cabe duda que merecerán una escucha.


En estos días verá la luz Death Magic Doom, la nueva entrega de unos Candlemass
que, paradójicamente, parecen encontrarse en mejor forma que nunca con 25 años a sus espaldas. Tras un inicio fulgurante a mediados de los 80 con dos álbumes, Epicus Doomicus Metallicus y Nightfall, considerados hoy en día piedras angulares del género, su carrera se fue diluyendo entre una serie de problemas internos que condujeron a la separación de la banda en 1993. Con formación variable, a finales de la década volvieron a la actividad para publicar un par de discos de corte más experimental que no terminaron de calar entre la mayoría de sus seguidores.

Finalmente saltó en 2005 la noticia de que se estaba gestando un nuevo álbum con la participación del vocalista clásico (que no original) de la banda: Messiah Marcolin. El disco, titulado simplemente con el nombre del grupo y presidido por una portada minimalista (nada que ver con los óleos que ilustraron algunos de sus trabajos en los 80) devolvió a estos suecos gran parte de la grandeza que les dio a conocer, con los característicos riffs monolíticos y las melodías épicas como elementos inequívocos.


Pero esta formación, la de los impecables caballeros que podemos ver sobre estas líneas, no duraría mucho por culpa del difícil y conflictivo carácter de Marcolin. Otro obstáculo para Candlemass cuando parecía que habían remontado el rumbo a su trayectoria. Sin embargo, desde la perspectiva, esto pudo ser un golpe de suerte. Sin negar los méritos de la operística e inconfundible voz de Marcolin, el sustituto que entraría en breve iba a dar el empujón definitivo que devolvería a Candlemass a sus días de gloria.


Robert Lowe. A título personal, indudablemente la mejor voz existente para este estilo de música. Procedente de los también grandiosos Solitude Aeturnus, no se me ocurre un mejor vehículo de expresión para los sentimientos lúgubres y desesperados que las composiciones de Leif Edling, el alma de Candlemass, requieren. Con él publicaron en 2007 un álbum de gran calidad titulado King of the Grey Islands, precedente de lo que nos encontraríamos más adelante, en el disco que nos ocupa ahora, Death Magic Doom.

Aunque el tema inicial If I Ever Die podría darnos la impresión equivocada de encontrarnos ante una banda de heavy metal al uso, los primeros segundos de Hammer of Doom, con un riff lentísimo y devastador, acentuado por el sonido rítmico de una campana, dejan claro que la leyenda del doom metal sueco ha vuelto de manera definitiva, y las virtudes mostradas en los dos trabajos anteriores de esta segunda juventud de Candlemass se encuentran aquí exaltadas y maximizadas. Quizá este disco se acabe convirtiendo en un clásico del doom metal tradicional, el de herencia directa de Black Sabbath, como en su día lo hicieron los dos primeros de estos mismos suecos más de veinte años atrás. El tiempo tendrá la última palabra.

Hablar de Steven Wilson es sinónimo de Porcupine Tree, de reputado productor, de músico polivalente, íntegro y admirable como pocos. Sin embargo, detrás de su faceta más conocida se encuentran un sinfín de proyectos e inquietudes musicales, muchas veces ignorados por los seguidores de su banda principal; desde Blackfield y su reciente álbum en solitario hasta otros como Bass Communion, Incredible Expanding Mindfuck y el que en esta ocasión va a ocuparnos: No-Man. No-Man es el fruto de la colaboración entre Steven Wilson y el vocalista y compositor Tim Bowness, contando ya con varios trabajos publicados a lo largo de su historia.


La principal novedad respecto a otras de sus bandas o proyectos es que en No-Man las letras están escritas y cantadas por Tim Bowness, quien también colabora en la parte compositiva, limitándose Wilson a encargarse de la mayoría de la instrumentación, así como de ese inconfundible brillo final aportado por su mezcla y producción. Con frecuencia cuentan con la colaboración de músicos que resultarán familiares a los fans de Porcupine Tree, como el flautista y saxofonista Theo Travis, e incluso miembros de la propia banda como Gavin Harrison o Colin Edwin.

No-Man quedan lejos del rock progresivo y psicodélico con escarceos casi metaleros de los últimos Porcupine Tree; en su lugar nos encontramos con un pop delicado, repleto de exquisitos arreglos y melodías, muy ambiental y etéreo, sin olvidar algún que otro deje progresivo en cuanto a estructuras y duración de las canciones. Unas canciones que desprenden melancolía, a veces positiva y con un toque luminoso, y otras pesimista y desesperada, pero en cualquier caso de una belleza verdaderamente sobrecogedora, superior a la alcanzada por cualquiera de las otras músicas de Wilson.


Schoolyard Ghosts
es el título del último álbum de No-Man, publicado en 2008, y para mí de entre lo más destacado del pasado año. La voz frágil de Tim Bowness conduce unas canciones en las que cada melodía que aparece parece superar a la anterior en emotividad y belleza, ensalzadas por los sutiles arreglos de Steven Wilson. Pero no todo es delicadeza; en el tema Pigeon Drummer nos sorprenden con unos pasajes violentos y ruidistas que crean un cruel contraste con la atmósfera dominante. Es obvia la influencia del reciente disco de Scott Walker, The Drift, el cual tendrá su merecido hueco en este blog cuando llegue su momento. Por destacar algo en particular dentro de un álbum de calidad muy homogénea, me veo obligado a mencionar Truenorth, tema estrella de 13 minutos de duración con una estructura maravillosamente fluida que culmina en un final precioso, de los de cerrar los ojos y dejarse llevar.
Un disco ideal para quienes aprecien la faceta más ambiental de Porcupine Tree y también para todos aquellos que gustamos de escuchar música en tardes lluviosas…

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